sábado, 14 de febrero de 2009

Parte polar: Bahia Maxwell

    En tus primeros días en el barco (ya lo contaste), parásteis en Bahía Maxwell, donde se daba la mayor aglomeración de bases antárticas de todo el continente. Hoy, puesto que el avión no ha salido por falta de visibilidad, te ves de nuevo en el barco, fondeado en la bahía. Sin nada que hacer, surge una visita a tierra junto a un fotógrafo amigo y su descomunal teleobjetivo.

     Os dejan en la playa, y mientras la oficial "de protocolo" marcha a ejercer repartiendo cuadros conmemorativos y botellas de vino, contemplas la pequeña ciudad que es esta base, mitad chilena y mitad rusa. Decenas de módulos y edificios de madera se extienden a partir de la playa, en un desorden evidente y sucio. Calles: el espacio que queda entre los módulos alineados no puede definirse de otra manera, en esta base antártica hay calles.

     Tomáis en dirección a la famosa ermita ortodoxa rusa, de la que ya habías oído hablar en alguna ocasión. Se alza en una colina, cruzando la carretera que demarca la frontera entre Chile y Rusia, pues aquí estos dos países resultan ser vecinos. La zona rusa es más modesta, tiene más el aspecto de una base científica. Alcanzando ya la colina, puedes ver que la ermita es efectivamente curiosa. Hecha íntegramente en madera y sin clavos, con grandes troncos cruzados en sus esquinas, y tres minúsculas cúpulas puntiagudas, coronada la mayor por una cruz con tres crucetas.

     Sofroniy debe ser el único párroco ortodoxo de este continente. Tiene tu edad y hace chirriar las pocas frases que en castellano sabe poniendo en ello toda su alma y el interés de un escolar ante un examen importante. Se atranca, retrocede, se habla a sí mismo musitando en ruso, encuentra al fin la raíz de la palabra que busca y, tras un par de tentativas, acaba conjugándola de la forma más insospechada y absurda. La buena voluntad del auditorio pone el resto, y consigues entender que la iglesia fue construida en 2004 ("dos mil años y cuatro"), que admiten católicos en sus ritos y que está abierta el sábado y el domingo a unas horas que olvidas inmediatamente por inútiles, ya que esperas salir de aquí pronto. También dice algo del aniversario, que debe ser por estas fechas, y, como excusándose, trepa una escala que da a la torrecita de la iglesia. Los faldones de su negra sotana (sobre la que gasta un forro polar azul) desaparecen por la trampilla. Al momento, una melodía de campanas invade la pequeña iglesia y se expande por la playa, entre los módulos y más allá, sobre el hielo y el agua helada de la Antártida.

     Cuando alcanzas el piso superior, lo que ves te transporta muy lejos. Sofroniy toca simultáneamente seis campanas con inscripciones cirílicas mediante un sistema de cordeles. La mano derecha golpea una cuerda que acciona simultáneamente el sonido de dos campanas pequeñas, las más agudas, clinclín, clinclín. La mano izquierda dispone de tres cuerdas horizontales, que hacen sonar tres campanas medianas a tres tonos distintos, tin, tan, ton. El bordón, una campana de unos cuarenta centímetros de diámetro y voz grave y penetrante, es accionada por el sacerdote con el pie, mediante una cuerda con estribo. El resultado es una música de matiz oriental y místico, sobria y repetitiva, inesperada.

     Marcháis de la iglesia obsequiados con un pequeño icono de marco plástico plateado, y, tras fotografiar un farolillo junto a las siglas CCCP en una pared de la base rusa, volvéis a cruzar la frontera y os internáis en Villa Las Estrellas ("47 habitantes" reza el cartel). El afán soberanista de los chilenos hace que este lugar tenga consideración de pueblo y que vivan en él un puñado de familias, niños incluídos, que disponen de escuela y estafeta de correos. La iglesia católica es bastante más grande que la otra, con dos filas de bancos de madera, aunque su aspecto exterior, azul y amarillo, recuerda una decrépita caseta de feria ambulante.


     De ahí, con permiso del comandante, os dáis un paseo hasta la Gran Muralla, como se conoce a la base china Cheng Chang, que queda a unos dos kilómetros. Tras un rato de camino, unas piedras grabadas con rojos ideogramas te dan la bienvenida a este otro mundo dentro del extraño mundo que es este continente. Edificios de tres o cuatro plantas, una esfera de comunicaciones de cinco metros de diámetro y trabajos de profunda remodelación es lo que te encuentras en esta base. Grandes excavadoras, un par de camiones-grúa, movimiento de tierras, viejos edificios descascarillándose oxidados, un muelle de cemento... Te preguntas cómo piensan los chinos que cumplen con el Tratado Antártico, especialmente en el punto que dice que cualquier instalación debe ser transitoria y poder ser retirada sin dejar rastros de su presencia.

     Os coláis en el edificio principal, cuyo comedor está decorado con guirnaldas y farolillos. Cuando os descubren, alguien que dice ser el médico de la base os explica que acaban de celebrar el año nuevo chino. Cortés pero poco entusiasmando, os invita a un café en polvo, os hace pasar a la tienda de souvenirs y agota la conversación hasta que os dáis por vencidos y salís, sin probar la comida antártica china, a esperar la zodiac que os recoge y os devuelve al barco.

     Tal vez mañana se levante la niebla y podáis por fin salir de aquí.

  

lunes, 9 de febrero de 2009

Parte polar: Glaciares Johnsons y Hurd

(Cuando escribes esto tienes el dedo gordo del pie derecho un poco entumecido. Hace ya unas cuantas horas que saliste de allí pero aún la sangre no circula bien del todo bajo la piel. Nunca habías pasado tanto frío)
 
    Desayunas en el primer turno, a las siete, y a las ocho menos cuarto estás ya con la ropa térmica, la protección solar y las gafas de ventisca puestas. Los dos técnicos de montaña y la investigadora que estudia los movimientos del hielo de los glaciares Johnsons y Hurd estaban ya listos también, y salís de la base cuando la actividad apenas comienza en ella.
    Hasta el refugio de montaña, que se encuentra al pie del glaciar, hay unos 20 minutos de ascensión. El día está nublado, pero por suerte no hace viento y tampoco nieva. La temperatura es de 1ºC, lo normal. Una vez allí, te prestan un abrigo de plumas, un casco y un arnés, que te abrochas mientras los técnicos arrancan las motos de nieve y preparan el material para el día de trabajo. El abrigo te parece casi innecesario, pero confías ciegamente en los dos expertos montañeros, bregados en nieve, hielo y subidas a picos inaccesibles.
    Durante los varios años que dura el proyecto, se han instalado varias decenas de estacas en puntos concretos del glaciar, y mediante mediciones via satélite los científicos monitorizan el movimiento del hielo. El trabajo de hoy consiste en revisar algunas de las estacas, alargarlas en caso de que hayan quedado cubiertas por la nieve o sustituirlas si el viento las quebró. En cada una hay que medir la posición mediante GPS, con una precisión de centímetros. A una seña de uno de los técnicos te montas en una de las motos ya arrancadas.
    Se pone en movimiento y, tras subir la primera loma, el montañero que la lleva (parco en palabras y hasta brusco a veces) te dice que te bajes. Como confías ciegamente en él, desciendes y te quedas de pie en la nieve mientras la moto arranca de nuevo y se pierde por donde vino. Ante la falta de explicaciones, imaginas que ha vuelto al refugio para ayudar a la otra moto (que arrastra un trineo con el material y la investigadora) a subir la fuerte pendiente en caso de que sea necesario. Te giras en torno y compruebas que eres el centro de una extensión inmensa e inclinada de nieve, enmarcada por el cielo y montañas lejanas en casi todo el perímetro excepto por el lado inferior, que da a la bahía en que se encuentra la base, donde van a romper este y otros glaciares azules.
    Por seguridad, siempre son dos las motos que se mueven por el glaciar, y van unidas por una gruesa cuerda. Así, en caso de que una caiga en una grieta, la otra puede evitar que se desplome por el abismo de cientos de metros que son a veces las brechas del hielo. Aparecen ya ambas motos y paran, a recogerte y a enganchar la cuerda de seguridad que hasta ahora pasó desapercibida para ti en el suelo.
    Así enganchadas, enfilan hacia el centro del glaciar y, cuando todo es blanco, parece que navegan. El palmo de nieve caída ayer es la superficie de un mar sin color que rasgan los patines de la moto. Cuando sopla un poco el viento, levanta la nieve unos diez centímetros sobre el suelo, ondulando como agua en torno a la moto. La ausencia de referencias cercanas desorienta: los primeros kilómetros están señalizados con banderitas rojas, como boyas flotantes en la nieve, pero luego te resulta difícil creer que realmente alguien sepa a dónde váis. Al fin, de lejos, te parece ver una estaca al frente, y es allí donde las motos paran.
    Para la zona en que se encuentra cada estaca, la investigadora dispone de una estimación de la nieve que la cubrirá este año. Si la nieve sepulta la estaca será un problema para localizarla el año que viene, y si se alza demasiado, muy probablemente el viento la quebrará. Se mide cuánto sobresale en este momento, y, teniendo en cuenta la previsión se alarga fijándole otro tramo o se clava más. Mediante una sonda (una varilla metálica de unos 4 metros) se comprueba la profundidad de la nieve de este año, hasta llegar al hielo, y te sorprende ver la sonda llegar casi hasta los tres metros.
    (Te explican que un glaciar tiene varias regiones diferenciadas: la zona de acumulación es donde la incorporación de nieve es superior a la cantidad que se derrite, la zona de ablación es aquella en que se derrite más nieve de la que cae. Respecto al movimiento de las marcas de la nieve, resulta que un glaciar es una estructura dinámica impresionantemente rápida: hasta cuarenta metros pueden desplazarse las estacas de un año al siguiente.)
    El viaje prosigue por el blanco contínuo de estaca en estaca, algunas separadas por distancias considerables. En una de ellas, es necesario poner en marcha "la cafetera". Ya antes has podido entrever un artilugio de metal y tubos en una de las cajas que viajan en el trineo, y ahora sale de allí como la cachimba gigante del más grande hombre de las nieves. Una vez prendido el gas que la alimenta, se ve que no es más que una olla a presión para fundir nieve y arrojar vapor. Por un tubo rígido terminado en una punta metálica agujereada, sale el vapor a presión que funde el hielo y permite excavar agujeros de varios metros de profundidad.
    Aunque las nubes tienden a retirarse y a ratos quema el sol, una brisa dura sopla constante desde los collados sobre el hielo. A causa de las peligrosas grietas escondidas, y por no ir encordado, no puedes separarte del entorno de la estaca, y el estar quieto va haciendo que el frío entre en ti incluso a través de la gruesa capa de plumas de la chaqueta prestada. Las manos te duelen por debajo de los guantes de montaña, y hace rato ya que no sabes qué fue de los dedos de tus pies. Tienes frío. Por momentos te parece estar con poca ropa, pese a llevar hasta seis capas de prendas técnicas de montaña. Miras incrédulo las manos a veces desnudas de los técnicos, y frotas las tuyas con fuerza inútil. Comprendes lo fácil que sería perder, grado a grado, el calor corporal (y todo lo demás) en este páramo helado, a miles kilómetros de cualquier sitio.
    La verdad es que a ratos sólo piensas en llegar a la base y calentarte, pero la mayoría del tiempo transcurre sin que puedas salir de la sorpresa y el asombro de cada perspectiva, de cada encuadre. Las grietas escondidas añaden tensión a los desplazamientos, y el sol luce cada vez más fuerte encendiendo el hielo de forma casi insoportable. Por fin, del amplio mar de la nieve ves surgir el refugio donde empezó la travesía, y cercano ya el momento de quitarte las botas y calentar tus pies.
    Hoy, de nuevo, llega el buque que te sacará de la Antártida. Ya en la base, comes algo caliente y preparas la maleta.

jueves, 5 de febrero de 2009

Parte polar: monte Sofía

       El día ha amanecido oscuro y con la nieve silenciosa que durante la noche se ha ido
acumulando en un manto leve y uniforme alrededor de la base Juan Carlos I, en la isla
Livingston. Ha seguido cayendo durante las primeras horas de la mañana hasta que, en
cuestión de cinco minutos, un frío vendaval sureño la ha sustituido, haciendo difícil
moverse fuera. El aire cortaba como afilada cuchilla y, frenético, se ha ocupado en
recolocar la nieve, quitándola de las zonas más expuestas y acumulándola a palmos en
cavidades y vaguadas.
       Pero, cuando apenas ha terminado el rato de relax de después de la comida, el viento se
acaba como al cerrar una ventana y con él se lleva en un momento la gruesa capa de nubes
que últimamente cubría los cielos inmensos de Bahía Sur. Y así, haciéndote olvidar la
dura ventisca y el gris de la mañana, luce ahora un sol inolvidable que reverbera en las
colinas blancas y en los frentes glaciales que rodean la base. Volviendo de un rato
bueno de trabajo, te encuentras con otro investigador que, junto a un técnico de
montaña, va a aprovechar la calma para subir al monte Sofía. Con este sol, no te lo piensas.
       Este cerro de 275 metros de altitud, domina la zona en que se emplaza la base y no por
casualidad lleva el nombre de la reina consorte. La subida se inicia por la parte de
atrás, donde los trabajos de remodelación que acabarán en una base nueva de aquí a unos
años son más evidentes. Abandonando la parte habitada, el camino serpentea por la ladera
refulgente. La nieve, por encima de las rodillas a veces, multiplica los reflejos del
sol amarillo y hace daño a los ojos por detrás de las gafas. Al hacer coincidir tus
pasos con las huellas profundas de los dos que te preceden, vas colmado en la dicha de
saber que estás haciendo justo lo que quieres, aquí, caminando en la nieve.
       El cielo totalmente despejado, el sol, la silueta de los Frieslands (pura nata montada
hasta los 1800 metros de altitud), los charranes y págalos que se persiguen gritando y
el aire tan frío que parece nuevo —sin un aroma que narre su historia—, hacen de la
subida un momento inolvidable. Y una vez arriba, la cima es más luz y montañas, hielos y
mar, todo el sol poniente sobre la nieve suave y este poder fuerte que te transforma. Te
dejas invadir por esta energía azul y dura, y la retienes, te la llevas y eres otro
cuando, acabando la tarde, bajas.
       Mañana llega el buque, te dicen, y empiezan así a terminarse tus días en la Antártida.
Te dispones a aprovechar los últimos.

lunes, 2 de febrero de 2009

Parte polar: XII, Decepción, 1967

(Transcripción literal del libro de actas de la Base Antártica Argentina Decepción)

"...se produjo el derrumbe de Punta Murature y Punta Buen Tiempo. El monolito en el lado
norte del canal de acceso a la isla no se observaba modificación alguna. El Piloto
Pardo, buque chileno fondeado en las cercanías había zarpado al exterior de la isla.
Realizadas estas observaciones y al disponernos a descender a la Base observé sobre la
costa norte de la isla, entre Caleta Péndulo y Bahía Teléfono, la primer erupción volcánica.
       Comenzó con una gran emanación de vapor de agua e inmediatamente la expulsión de lava
en forma violenta al aire, cenizas volcánicas y vapores sulfurosos. Regresé a la Base y
dispuse el arrojamiento de los tripulantes y en particular de Barahona que estaba con la
pierna enyesada. Al percibir que los vapores sulfurosos aumentaban y no siendo posible
la determinación de las consecuencias de este foco erupcional, ordené el abandono de la
Base para dirigirnos a la costa periférica de la isla en la Rada Pingüinera.    Antes del
traslado ordené la emisión de los mensajes de emergencia de rigor por radio-telefonía y
radio-telegrafía siendo imposible obtener respuesta de recepción por la gran interferencia.
       Se detuvieron los generadores, cerramos la Base y nuestro rumbo: Rada Pingüinera.
       La erupción continuaba con mayor intensidad alcanzando las piedras incandescentes
(bombas volcánicas) una altura de 1500 a 2000 metros. Posteriormente me enteré que
algunas alcanzaron al Buque Piloto Pardo, ubicado 6 millas al norte de la isla. El
trayecto fue realmente penoso, pues a la dificultad del traslado, hielo descongelándose
y grandes extensiones de nieve blanda se sumaba el acarreo del trineo con Barahona enyesado.
       Al iniciar la salida del destacamento, observamos una segunda zona de explosiones, de
mayor intensidad que la anterior, siendo las 20:30 del día 4 de diciembre, ubicada en
Bahía Teléfono. Encontrándome ya en camino a la Pingüinera con la dotación observé una
tercer explosión a la que le agregó el encendido de vapores combustibles. Durante el
trayecto pudimos observar grandes desprendimientos de tierra y piedras que se elevaban
entre 1000 a 1500 metros. Luego sobrevino un periodo de calma.
       La intensidad de los vapores sulfurosos hizo que usáramos las toallas [...],
humedecidas en la nieve para cubrirnos las fosas nasales. Durante este periodo de calma
se observaron intensas descargas eléctricas y fuertes truenos, fenómenos nunca
observados. Probablemente este fenómeno se produjo por la fuerte ionización en la
atmósfera, consecuencia de la erupción.
       En razón a la escasa existencia de elementos de supervivencia, no acarreados por la
rápida evacuación, la necesidad de confirmar la recepción de nuestro mensaje de
emergencia y apreciar la evolución del fenómeno, regresé a las 00:00 horas del día 5
junto con el cabo motorista Guanoros y el radioperador Oviedo. Logramos comunicarnos con
el Bahía Aguirre pese a las serias dificultades atmosféricas existentes, relatándose al
Señor Comandante de la Agrupación Naval Antártica los sucesos y coordinar un turno por
la mañana para fijar hora de arribo del buque a la zona. En esa oportunidad fui enterado
de la hora de arribo y que la dotación chilena e inglesa, desde esta última base estaban
siendo evacuados por el Piloto Pardo.
       Al mismo tiempo, también nos comunicamos con la Base Almirante Brown del I.A.A., los
que seguían paso a paso el fenómeno. Antes de retirarnos tomamos los víveres preparados
días antes, vasodilatadores y tres faroles a querosene, todavía quedaba, para usarlos
como calefactores.
       Al salir de la Base, la actividad volcánica continuaba en toda su magnitud, en esta
oportunidad observamos lo que nos pareció la actividad más intensa volcánica. Una
permanente lluvia de cenizas volcánicas nos acompañó siempre. Este fenómeno fue
comprobado por el buque Bahía Aguirre que se encontraba a 30 millas de la isla.
       Una vez con el resto de la Dotación y más animados por el próximo arribo del Buque,
construimos una choza de hielo. Este refugio nos permitió protegernos de una intensa
ventisca que comenzamos a soportar, especialmente el hombre enyesado.
       Preocupado por el avance de la erupción y el estado de las instalaciones, regresé con
dos voluntarios a la base a las 06:30 horas. Observé que la mayor erupción ó foco
erupcional se encontraba en Bahía Teléfono y junto con las bombas volcánicas se producía
gran cantidad de vapor -de agua. El Aguirre me confirmó su arribo a las 10:15.
Regresamos a la choza en Rada Pingüinera al tiempo que arribaba el Buque Bahía Aguirre.
       En cinco vuelos de helicóptero SH3 los tripulantes son evacuados. Luego, a las 12:30 me
embarco en el helicóptero para retirar de la base la documentación clasificada. Me dejan
reembarcándome 40 minutos después. La isla quedó prácticamente descubierta de nieve y el
hielo permanente tapado con una espesa manta de ceniza volcánica.
       Se regresa al buque el que zarpó posteriormente quedando la Base clausurada
precariamente y con todos los elementos listos para su puesta en servicio. El trabajo ha
sido intenso pero las comodidades disponibles nos permitieron que el mismo fuera todo el
tiempo detallado y eficaz. Todo esto hace de Decepción un lugar especialísimo y una
prueba real de soberanía que por razones tanto históricas como geográficas forma la
continuidad natural del cuerpo físico de nuestra Nación. En este momento la Naturaleza
rectora de nuestros actos decidirá sobre esta querida isla llena de incógnitas. Nuestro
pensamiento queda con todos los que permanecen como vigías argentinos en la soledad
Antártica.
       Aquí se está en una permanente lucha, la vida es muy dura y trabajas sin desmayos. Para
ello se requiere fe, coraje y una gran cuota de sacrificio y humildad en particular ante
lo majestuoso de este poder. Cuestiono, si, la ingratitud al esfuerzo solo mitigado por
la pasión y desafío que este territorio argentino, ha despertado en todos nosotros.

                         Buque Transporte Bahía Aguirre  -  Mar de la Flota, 7-XII-67



viernes, 30 de enero de 2009

Parte polar: Los Fuelles de Neptuno

        Después de un arriesgado viaje en zodiac, con mucha agua entrando y el timonel maniobrando con velocidad entre las crestas, llegas de nuevo al Buque Las Palmas, fondeado en Bahía Foster, en el centro del cráter volcánico de la Isla Decepción. Es raro ver marejada en el interior de esta segura bahía y hoy la hay fuerte. Así que aplazan el desembarco de material para mejor vez y el buque se prepara para levar anclas y poner rumbo al continente antártico. 
Pero antes de salir a mar abierto, es necesario cruzar los traicioneros Fuelles de Neptuno (Neptune's Bellows), única salida de la isla herradura (para los barcos y también para los vientos que soplan en la bahía). Pese a lo angosto del paso, que a ojo te parece que tiene unos doscientos o trescientos metros de ancho, el buque aproa primero hacia la costa del lado derecho, estribor. Se acerca ya preocupantemente a las rocas y la arena cuando al fin vira y —pareciera que ignorando la salida que cae de frente y parece fácil— enfila decidido a babor, hacia la otra costa escarpada. En el puente de mando, la tensión es palpable.
Hay un bajo peligroso y fuertes corrientes en los Fuelles de Neptuno, y muchos barcos pagaron por ignorarlas. Hace pocos años, el Las Palmas mismo rescató a otro buque que encalló imprudente, y eso contribuye a que esta maniobra sea tomada muy en serio. Queda un estrecho paso libre, ajustado, pegando a los acantilados en que termina la circunferencia incompleta en que has pasado los últimos días, y el barco se arrima a ellos en un movimiento que podría parecer de locos. Cincuenta, sesenta metros te parecen que separan el barco del farallón en el momento más grave, y es ahí cuando miras.
A la izquierda, el rompiente de roca que parece hecho de la madera envejecida de un naufragio se alza vertical como el muro ciego de un edificio de muchas plantas. Sólo abajo, donde el agua lame la roca, cede algo el marrón oscuro de la piedra volcánica a líquenes o algas que verdean ligeramente el perfil que deja la marea. Al otro lado de los Fuelles, la sólida roca envejecida se mezcla con descomposiciones y areniscas variando desde el ocre al rojo vino, en gradientes y entreveros bellísimos que forman pequeñas playas y roquedos negros. El gris perla del cielo, la lluvia fina y el oscuro azul, rizado de espuma, te piden, a voces, aprender a pintar (y a tu mente acude quien lo haría bien).
Saliendo, y a babor, una enorme aguja de roca como el tronco talado de un arbol milenario surge del mar unos metros más allá del final de la pared. En el corte de su cima hay pequeños petreles posados, mientras que otros manejan las corrientes y sobrevuelan el barco. Son petreles dameros, por el dibujo ajedrezado que lucen sus alas.
Salvados ya los Fuelles de Neptuno, en seguida el barco comienza el vaivén que le da la mar de fondo. De momento es soportable y así esperas que siga, pues navegando estas aguas no debería moverse mucho. Por si acaso, pides biodramina, te bajas al sollado a hacer tu cama y a ordenar tus cosas, tus ideas. Luego, escribes.

jueves, 29 de enero de 2009

Parte polar: saltar de un hielo

A la base chilena González Videla ha bajado también gran parte de la dotación del barco. Para esas personas, que en esta ocasión se pasarán 37 días sin pisar tierra, una visita de este tipo supone mucho. En varios turnos, van bajando a tierra, y ves distintos grados de fascinación en sus caras al ver los pingüinos que por todos lados rodean la base. Para algunos es la primera vez, otros llevan en sus cuerpos ya hasta cinco campañas antárticas, y hay pocas cosas que les impresionen ya aquí. Pero sí, camisetas del Rácing de Ferrol, una boina y hasta una bicicleta saldrán en las pintorescas fotos que llevarán a casa esta gente.
Y al volver al barco, te quedas para el último viaje junto a algunos científicos y a los suboficiales de máquinas, gente gallega y canaria y en su mayoría primerizos en pingüinos. Una vez puesto el traje de supervivencia (un mono estanco de colores chillones con el que se puede flotar en el agua helada sin notar siquiera el frío que, sin él, te haría morir en unos dos minutos), y justo antes de arrancar el motor de la zodiac, una voz cascada sugiere dar un paseo entre los hielos azules que flotan frente a la base. Por supuesto, otras se animan clamando por colonizar un iceberg, y el timonel parece asentir increíblemente en su silencio. Tú, tragas saliva.
Elegida la presa, una con un reborde a modo de muelle a la altura de la borda de la zodiac, donde el intenso blanco se degrada en azules reflejados en todas direcciones, comienzan a saltar entre grandes risas de ilusión infantil (en esas voces roncas). Ya hay uno que panza abajo hace uso del tobogán natural del que dispone el hielo, mientras otro trepa a lo alto lanzando gritos. Un tercero salta, y otro y otro más. Arrancado y sin pensar, entregas la cámara a alguien y el sexto eres tú. El témpano es bastante grande, calculas a ojo que como el salón de tu casa, y, de momento, estable.
Pero entonces una voz de alarma llama al timonel de la zodiac porque otro hielo, más pequeño, se desliza bastante rápido en dirección a la goma inflable en la que quedan aún otras seis personas. La zodiac se retira mientras el nuevo hielo ocupa su lugar y, presas de la excitación, dos marineros saltan de un hielo a otro como si tuvieran quince años. Como sigue moviéndose, deben darse prisa en volver al hielo grande, pero uno de ellos no lo ve claro. El otro salta, pero las dudas de éste hacen que quede aislado en el segundo témpano, que sigue alejándose metro a metro del nuestro para gran diversión de todos, incluído el marinero que en él viaja. Para no perder ni un ápice su imagen intrépida, se dedica a posar, tumbado, como en la playa.
Y no habiéndote repuesto de la risa viva que todo esto te está causando, oyes un ruido enorme CRAAAAACK!! a tu derecha. Unos metros más allá, un tercer témpano de hielo, al que hace un momento llamábais la seta por la extraña figura que representaba, ha reventado en un crujido enorme partiéndose en dos, y el trozo grande comienza a voltearse, girando sobre sí mismo, en dirección a donde estás. Su movimiento es lento y majestuoso, pero calculas la inercia que lleva asociada y el riesgo que existe si llegara a golpear tu barco de hielo. Se ve que los otros calculan también, porque la mayor parte de tus compañeros de viaje ya no están de pie y algunos llaman a voces a la zodiac.
Se produce el rescate entre nuevas risas, incluyendo al náufrago solitario. Al llegar al barco y quitarte el traje, te alcanza por dentro una sensación antigua que casi tenías olvidada, imposible de definir pero que viene de atrás y reconoces. Como abrir un álbum de fotos amarillas y verte de pequeño, subido a un árbol, trepando peñas o nadando hasta la roca más lejana. Situaciones compartidas que llenaban el pecho por un tiempo y revivías mentalmente o al contarlas. Situaciones, cómo pudiste olvidarlo, que hacían que vivir pareciera la mejor de las cosas que a una podrían ocurrirle.

miércoles, 28 de enero de 2009

Parte polar: Sur

----- Original Message -----
To: radio
Sent: Tuesday, January 27, 2009 11:55 PM
Subject: Parte polar: Sur

para:

 

        Cuando se navega por estas aguas con un barco cuyo casco no está preparado para resistir las presiones de los enormes hielos, la travesía es algo delicada. El radar es la pieza fundamental para detectar los enormes islotes flotantes que no aparecen en las cartas, y el timón no se abandona nunca al modo automático dirigido por el GPS. No se sabe cuándo puede aparecer un témpano, y los grandes no son los más peligrosos, ya que su enorme altura fuera del agua los hace fáciles de detectar (aunque en ocasiones tienen salientes sumergidos, o espolones). Son los pequeños, que apenas asoman afuera pese a tener un gran volumen bajo el agua y pesar varias toneladas, los que pueden golpear con fuerza el casco y causar problemas.
         Este año la campaña del Buque Las Palmas está condicionada por la falta de tiempo. El adelanto observado en la eclosión ha determinado que los ornitólogos no vayan a realizar el estudio latitudinal de pingüinos, lo que se traduce en que tu sueño de cruzar el Círculo Polar Antártico se aplaza de nuevo. Sin embargo, hay que dejar a unos investigadores en la base chilena O'Higgins, tú tienes que revisar la instalación que realizaste el año pasado y que te espera en Caleta Cierva, y otros investigadores han de llegar hasta Bahía Paraíso, con lo que el viaje sigue excitando tu imaginación de todos modos. Eso sí, la falta de tiempo determina que el buque debe ir más rápido, todo lo rápido que se puede ir en un terreno minado como este, que no permite navegar de noche y en el que un banco de niebla puede ser fatal.
         Así pues váis bordeando la Península Antártica, y en cuanto cruzáis el mar de Bransfield se empieza a notar. Enormes piezas de hielo flotante, de todas las formas imaginables, comienzan a ser rebasadas (o esquivadas) por el barco. Esculturas abstractas con torres, placas, superposiciones y bañeras, tartas de un pastelero loco que trabajara a destajo en un barco movido por la tormenta, grandes almohadones blancos lamidos por el viento, escombro glacial que se deshace con el estruendo de una explosión. Son las enormes migajas de la placa de hielo que cubre casi cualquier trozo de tierra visible. Desde lejos no se aprecia su espesor, pero cada loma y cada valle, sobre todo cada valle, están cubiertos por una capa de nieve prensada que puede medir unos veinte, treinta o más metros de altura. De hecho, el hielo glacial no se produce por congelación del agua sino por el aplastamiento de la nieve bajo el peso de más nieve: de ahí los tonos azules eléctricos que alcanza el hielo más antiguo, el más prensado.
         En las zonas más densamente pobladas de hielos flotantes, se reduce la velocidad y se redobla la atención. Navegando en aguas abiertas es fácil: el asunto consiste en detectar los hielos y esquivarlos. El problema es mayor al internarse por los estrechos canales que deja el perímetro irregular de la península, que pueden tener apenas unos cientos de metros de anchura. Cuando entráis al canal Errera, que termina al desembocar en Bahía Paraíso, la navegación es un espectáculo.
         Ambas orillas son escarpados cerros de los que caen, como cataratas congeladas, los glaciares. El canal describe curvas y revueltas, y la mayor parte del tiempo todo el horizonte está compuesto de montes nevados, provocando la ilusión de estar atrapados, como en un lago. Los despeñes verticales de hielo son las cascadas más lentas del mundo excepto cuando acaban: el hielo se parte cayendo al mar con estrépito y olas. Es inquietante ver agitarse la superficie del agua de un lugar donde apenas hace viento y no hay mar de fondo.
         Estos trozos de hielo, que se suman a los que navegan dentro de los canales llevados por la brisa o la corriente, flotan en el canal por todos lados pareciendo cerrar el paso al barco a cada instante. Y cada vez, resulta ser un juego de la perspectiva que no engaña al oficial de derrota: "Dejamos aquél grande por babor y luego caemos a estribor" ("Enterado", responde el timonel). Al final, siempre acaba abriéndose paso para el barco al cabo de un momento.
         Llegando ya la noche, fondeáis enfrente de la base chilena González Videla, en Bahía Paraíso, y, por la radio, el comandante explica nuestra presencia. La amabilidad que gobierna a todas personas expuestas en este rincón apartado vuelve a lucir, y los chilenos nos recibirán mañana con alegría. Algunos serán invitados a bordo recíprocamente pero ahora es tarde, se desean buenas noches, cambian al canal dieciséis, cierras comunicación.


viernes, 23 de enero de 2009

Parte polar: Archipiélago de las Shetland del Sur

        Y sí, finalmente acabó el “Drake” y ya estás aquí. Lo sabes porque la mar no se mueve, porque el aire frío te lo dice y porque saltan ya, muy de vez en cuando, algunos pingüinos en torno al barco. Provocan la sorpresa y la ovación de aquellas para quienes ésta es la primera vez al otro lado, y a tí te sirven sólo como premonición gustosa de lo que viene.
        Antes de llegar a tu primer destino, la Isla Decepción, el barco ha de dejar a algunas personas en otras islas del archipiélago. Las islas Shetland del Sur son homónimas de otras escocesas del Mar del Norte, y forman un grupo alargado, como una primera barrera entre el continente antártico y lo otro, lo demás. Durante la noche, con rumbo sur sureste habéis navegado el Estrecho de Nelson (el famoso almirante), cruzando así la primera barrera antártica y esta mañana, al salir a cubierta, contemplas la costa de la Isla del Rey Jorge. Así nombró este lugar William Smith, marino inglés que yendo a Valparaíso dobló mal el Cabo de Hornos y aquí llegó, el 16 de octubre de 1819.
        Te encuentras en la Bahia Maxwell, uno de los puntos más concurridos de la Antártida. Desde cubierta puedes distinguir una base chilena (Base Presidente Eduardo Frei), una base rusa (Bellingshausen station) y un refugio argentino. Más allá, conoces la existencia de la llamada “Gran Muralla China” (Base Chang Cheng), la base uruguaya Artigas y la coreana del Rey Sejong. Aquí se manifiesta mejor que en ningún otro sitio el espíritu del Tratado Antártico, acuerdo por el cual se aparcan todas las aspiraciones de soberanía sobre estas tierras y se las consagra a la ciencia y a la paz entre naciones. Eso sí, dos buques de guerra de la armada chilena presiden la bahía.
        Una vez realizado el intercambio de personal (suben a bordo cuatro investigadores rusos) levamos anclas para ir muy cerca, a la base argentina Teniente Jubany, situada en Caleta Potter. Ya estuviste aquí el año pasado, caminando un precioso día entero por una playa rebosante de elefantes marinos, y miras la costa con añoranza sabiendo que esta vez no bajarás (y que seguramente nunca más lo hagas). Sin ni siquiera fondear, una investigadora es acercada a la playa de la base en una zodiac y el barco parte con prisa hacia la segunda isla, por tamaño, del archipiélago.
        Para llegar a Isla Livinsgton es necesario recorrer gran parte del margen inferior del archipiélago: dejando atrás Rey Jorge, se suceden las blancas islas Nelson, Robert y Greenwich, separadas por estrechos y peligrosos canales. La última es Livingston, donde se encuentra la otra base española (en la que vivirás unos días de aquí a poco).
        Durante la travesía, el mar en calma y el sol poniente parece que animan las aguas donde, aparte los pingüinos, resopla un número tan grande de cetáceos que impresiona hasta a quienes conocen esta zona tras muchas campañas. Una manada de orcas enseña lomos y aletas afiladas a estribor, provocando prismáticos y cámaras llenos de sorpresa e ilusión. El reflejo de las islas nevadas en el espejo móvil del agua quieta multiplica lo insólito de la estampa. Más cerca, luego, algunas ballenas corcovadas saltan a cuerpo entero y bufan como contentas, recibiéndote de nuevo en estas latitudes. Finalmente, para terminar de reavivar el mismo asombro que creíste difícil recuperar, un lobo marino nada un momento de espaldas frente a proa, mirando sin comprender la mole roja y blanca del barco que ruidosa se le viene. Resignado al absurdo y ágil, voltea su cuerpo y desaparece de tu vista pero se queda en tu memoria.
        Noche ya, fondeados en Bahía Sur frente a la base española, comienza el desembarco de material para la remodelación de la base mientras vuelves al catre ya casi cómodo pensando en que mañana tomas tierra por fin en Decepción. Pensabas que sería imposible volver a ser deslumbrado esta segunda vez y, en tu retina, casi no caben de nuevo las fotos que no tomaste y para ti se quedan. Van dedicadas, todas, a quienes no las verán y quisieras ver cerca ahora. En esa dedicatoria te duermes y sonríes.


[http://partepolar.blogspot.com]

miércoles, 21 de enero de 2009

Parte polar: Paso de Drake

[NOTA: No podré mandaros emails este año como el pasado. Publicaré los partes en http://partepolar.blogspot.com, donde ya hay algunos recientes.]

        Despiertas en un catre en el sollado de popa, donde lo primero que notas es el olor característico de la antigua combustión del Las Palmas, el ruido ensordecedor de sus dos motores a 750 revoluciones y, sobre todo, tu espalda agarrotada. No es que sea incómoda la cama, sino que desde hace unas horas el movimiento del barco te obliga a tensiones y apoyos constantes mientras duermes. Por la violencia del zarandeo, calculas que hará un par de horas que habéis doblado el cabo de Hornos y que enfiláis ya por alta mar el pasaje de Drake.
        Conociendo de sobra que con esta mar es imposible hacer nada que no sea dormir o vegetar, decides levantarte de la cama lleno de curiosidad. ¿Estará la mar gruesa o sólo de través? ¿Cuál será la dirección del viento? ¿Bailarán ya los albatros viajeros?
        Sin embargo, ese levantarse de la cama que es usualmente automático y fácil, es ahora bastante complicado. Veamos. Lo primero va a ser vestirse, y mejor hacerlo tumbado pues de pie cualquiera sabe. Bien, los pantalones. Primero los sitúas mentalmente, haciendo varias pausas para estabilizar el interior de tu cuerpo removido por el juego loco de inercias en todas direcciones. Abres los ojos y los fijas en el techo de la litera. Descansas. En una tregua que parecen conceder las olas, alargas la mano y tomas los pantalones, te tumbas y descansas. Fijas la mirada. Tumbado te los pones entre dos golpes de  mar y vuelves a fijar la mirada. Es necesario concentrarse en la respiración porque de a ratos te parece que es el único asidero que te mantiene fuera del caos del mareo. Calcetines. Sudadera. Y ahora sí, llegó el momento. Te sientas al borde de la litera y debes apoyarte en seguida en la de enfrente porque todo se ha inclinado de repente y casi vuelcas. Respiras (ese olor a humo de gasoil), descansas, te concentras. Sabes que es psicológico, que gran parte depende de tu debilidad mental. Pero apenas puedes fijar la atención en nada, porque una y otra vez impredecibles cambios de aceleración lanzan los órganos en tu interior hacia todos los lados. Bah, no es nada. Vamos, los zapatos, te levantas, caminas ya pasillo alante y llegando a la escalera tu peso parece disminuir de súbito y te aligeras, flotas casi a media altura. Al segundo siguiente, te retuerces aplastado sobre la escala y no hay respiración que te serene. El puente, el puente, en el puente de mando estarás bien, viendo las olas, charlando con quienes haya de guardia, los albatros... tienes que subir. Trepas la escalera entre dos sacudidas y llegas al puente. El espectáculo allí es desolador.
        Un oficial y dos marineros dormitan como pueden sobre sillas y repisas. Fuman, y el olor del humo te mata. Afuera, montañas de agua se desplazan sin orden, sin concierto, en las cuatro direcciones hasta donde alcanza la vista. La proa se hunde en el agua en cada golpe, el oleaje salta a cubierta por los cuatro costados, una grieta atraviesa uno de los vidrios ayer intacto. Incapaz de pensar, te amontonas en respirar, fijar la vista en el horizonte, sujetarte y cancelar la oscilación del suelo moviendo tu cuerpo siempre al revés que el barco. Mas no puedes pensar si todo se mueve, respiras y no, se vuelve a invertir el movimiento y peor. Con gesto elocuente y mirar perdido, el marinero timonel abandona su posición y corre escaleras abajo en busca de un váter. Tu boca se humedece, hace rato ya que sudas frío y que la presión se te hace insoportable en los oídos. Vas dando por perdida ya la lucha y, de repente, te obligas a salir al alerón de babor y a darle al mar de adentro lo que colérico te pide. Mientras rociones de agua empapan tu ropa, vomitas y sueñas con saltar a tierra firme y a tu cama. Mojado, de nuevo en el puente, pides pastillas al capitán médico y vuelves al catre respirando pausas, sudores fríos, náuseas y golpes. El dimenhidrato, el vaivén y el esfuerzo que se han llevado los últimos cuarenta minutos te adormecen dulcemente y te abandonas.


P.S.: No llega este parte a todos los emails que me gustaría. Sentíos libres de compartirlo, os lo agradeceré.
P.P.S.: Hay algún otro parte ya en http://partepolar.blogspot.com
P.P.P.S.: Podéis responder (sin archivos adjuntos) a esta dirección, pero lo mejor es que mandéis una copia a mi correo habitual por si esta se pierde.












jueves, 15 de enero de 2009

Presidio de Ushuaia

En 1896, el gobierno de la Argentina, tras firmar el Tratado de Límites con Chile, consideró que era importante instalar una población estable en Tierra de Fuego, para sustentar su soberanía sobre estos territorios. Las condiciones de aislamiento y clima, y la falta de interés económico de esta zona no favorecían la venida de colonos, por lo que alguien tuvo una idea.

Un primer grupo de 23 presos voluntarios, acompañados de sus correspondientes carceleros llegó aquel año a establecerse en Isla Grande. De estos, 14 eran hombres y 9 mujeres, lo que corresponde con la intención gubernamental de poblar esta tierra. Tras la fusión de este destacamento con el presidio militar ubicado en Isla de los Estados, comenzó la construcción del Penal de Ushuaia, cuya mano de obra fue, como cabe esperar, los propios presos. El frío y la nieve (sin contar la férrea disciplina carcelaria) debieron ser, para ellos, una ayuda para sobreponerse al absurdo que supone construir una carcel para ser encerrado en ella.

Con un diseño radial, panóptico, basado en las últimas tendencias en la Inglaterra de la época, el edificio se mantiene en pie hoy en día, albergando un pequeño museo dedicado a la historia de los primeros pobladores de esta ciudad. Hasta mil presos fueron ubicados en esta cárcel que tal vez sea la única del mundo que nunca tuvo un muro alrededor. Una alambrada fue siempre suficiente para retener a los reclusos, pues la mayoría de aquellos que intentaron un escape volvieron luego por su propio pie, ateridos de frío y acosados por el hambre.

Hubo uno, sin embargo, que llegó más lejos. Simón Radowitzky era un joven llegado a la Argentina desde su Ucrania natal (de donde una herida de sable cosaco y el miedo a Siberia lo hicieron huir tras la Revolución Rusa de 1905) y profundamente comprometido con La Idea y el movimiento anarquista. Tras las 8 muertes que produjo la policía en la gran manifestación del primero de mayo de 1909, y la persecución a la que fue sometido luego el movimiento obrero, el 14 de noviembre Simón Radowitzky arrojó una bomba en el carro que llevaba al coronel Ramón Lorenzo Falcón, jefe de la policía de Buenos Aires.

Durante el juicio por asesinato, se reclamó la pena de muerte para el joven, que alegaba tener tan sólo 18 años. Informes periciales determinaron su edad entre 20 y 25 años, pero la aparición inesperada de su partida de nacimiento derivó en su envío al Penal de Ushuaia, de por vida, con sólo media ración de alimento al día. Además, era castigado a reclusión solitaria a pan y agua todos los años durante los 20 días previos al aniversario del atentado.

Su actitud desafiante y su liderazgo en varias huelgas de hambre en la prisión le privaron de los pocos derechos otorgados a los demás presos y lo hicieron víctima de constantes castigos. Sus libros fueron todos cambiados por uno sólo, la Biblia, le cerraron la ventana de la celda con una chapa agujereada (cuántas veces contó los “300 agujeros” que menciona en una carta), fue de continuo humillado verbalmente y, en 1918, fue violado por el subdirector del penal y tres funcionarios.

A causa de este incidente, su caso comenzó de nuevo a tener cierta repercusión nacional, hasta el punto de que los grupos anarquistas chilenos y argentinos coordinaron su evasión de la cárcel. Aprovechando el relevo estacional de los funcionarios, y ciertos apoyos sinceros que obtuvo de entre el personal de la prisión, Radowitzky se hizo con un traje de carcelero y, saliendo, caminó sin más por la calle San Martín. Llegado al muelle, embarcó en el Sokolo y puso rumbo a Punta Arenas, Chile, donde fue finalmente apresado. Se considera que ésta fue la única fuga exitosa del presidio de Ushuaia, y se desconoce la magnitud del castigo a que fue sometido el preso una vez que reingresó entre los muros que él mismo había ayudado a levantar.

(Años después, en 1930, Radowitzky recibió un indulto a condición de exilio, y voló a España para formar parte de las Brigadas Internacionales. Acabada la guerra y como tantos otros, pasó a Francia y de ahí a México, donde en 1956 un fallo cardíaco se lo llevó de un cuerpo marcado ya con medio siglo de luchas. Hasta su muerte, sobrevivió ejerciendo el oficio que en la cárcel de Ushuaia había aprendido: constructor de juguetes de madera.)



No quieres ni imaginar lo que debió ser cada noche de invierno entre estas paredes, con el viento aullando afuera y, por dentro, la certeza final de estar jodido para siempre. Así y en estas, tus pasos te han llevado hasta la tienda de souvenirs del museo de la prisión, en la que sin buscarla encuentras una carta náutica de las islas Shetland del Sur, tu próximo destino. Con ella bajo el brazo y el buque en puerto, marchas a hacer la mochila para embarcar mañana.

martes, 13 de enero de 2009

De vuelta en Ushuaia

Estás de nuevo en la confortable posada que ocupaste hace justo un año, después de cuatro días de viaje complicado absurdamente por la arrogancia de la línea aérea que te trajo. Cuando comienzas a sacar las cosas de la mochila, descubres que efectivamente sí, todo es ligeramente distinto en esta ocasión. Lo que antes iba saliendo del paquete con la veneración del estreno y los nervios de la expectativa, es ahora ropa tan sólo, doblada y limpia y sucia y ya usada, pero ropa nada más.

Sin embargo, hay elementos cruciales que te sitúan también de nuevo en un cierto estado de asombro y maravilla. Sales a dar un paseo y a buscar algo que comer y, al poner el pie en la calle, la naturaleza te saluda ya con otro de aquellos atardeceres que son, probablemente, la estampa que mejor resume tu experiencia del año pasado. Por un juego de nubes y reflejos, el largo atardecer encendido para ti esta tarde austral es rojo y naranja hasta un extremo irreal, que resume de nuevo la magia de estar aquí, de haber venido. Los escarpados cerros que rodean la ciudad y sus ventisqueros lo repiten, alterando las gamas coloradas sobre negros y blancos.

Sin quererlo mucho, y obedeciendo a las limitadas alternativas que esta ciudad brinda en cuestión de sitios donde ir, encaminas tus pasos hacia el final de la calle San Martín, donde (como esperabas casi sin saberlo) sigue el pub Invisible. La marquetería que todo lo decora, beneficiada por un nuevo invierno de quietud, aislamiento y nieve, la agradable música de los sesenta y la cerveza de trigo autóctona te ayudan a sentirte como en casa aquí tan lejos. Le dedicas unos tragos al libro que ahora te acompaña, y, cuando por fin el interminable ocaso agoniza por el oeste y se te acumula el cansancio del viaje, emprendes el regreso.

Al cruzar la calle General Roca, una mirada al muelle te descubre el punto de atraque del Buque Las Palmas, aún vacío. Se espera que llegue mañana, y de nuevo se te llena el pecho de una ilusión nerviosa de víspera, que te mece ya en la cama y te dispone. Mañana llega el barco.

jueves, 6 de marzo de 2008

Pucón

El cono perfecto del volcán descuelga sus tres mil y pico metros a la
izquierda de tu campo de visión, junto al embarcadero. Hace un momento,
las nieves que cubren más de dos tercios del flanco que ves se
encendieron en una crema de naranjas y pomelos casi demasiado cursi para
ser nombrada (pero a la vez complementaria a los azules progresivos en que
se cierne la pequeña vaharada blanca, el soplo de nube con que se adorna
el volcán Villarrica en estos días, acabando el verano).
«Pongámoslo de esta manera», se arranca al fin, tras pensarlo un momento
con un trago de la infusión de boldo que vierte desde el termo metálico.
«Viajar acompañada consiste meramente en trasladarse, viene a ser sólo
mover de un lado a otro el extenso conjunto de manías y expresiones,
frases hechas y asociaciones de ideas predecibles, ese haz de recuerdos
(tal vez diría Borges) que somos, miserablemente. Con suerte, una viaja
con alguien que la conoce mucho y ahí el desafío es mínimo: el café con
la leche fría o casi hirviendo, sin cebolla la ensalada, el despertador
35 minutos antes de la hora, tú ventanilla y yo pasillo.
»Si el viaje es suficientemente largo (aproximadamente más que la
paciencia del más débil de ambos), se deriva de forma irremisible en una
espiral de pequeños odios minuciosos. Sabotaje, atentados contra las
buenas costumbres en lo tocante a la temperatura del café o la hora de
diana, argumentaciones interminables sobre las ventajas diuréticas de la
cebolla... Todo se acaba resolviendo de noche, en la cena o más tarde, si
se llega a un lugar suficientemente bonito, como es éste, por ejemplo.»
Al decir esto, sus ojos, azules y vivos, señalan hacia adelante. Frente
al embarcadero, como esas dos caras que son también una copa, dos
perfiles de tierra negros se recortan sobre el agua enmarcando la salida
de la pequeña bahía, simétricos. Más allá, los últimos restos del
poniente aún se reparten entre cielo y agua, apagándose la pátina del lago
ligeramente antes. El volcán ya es gris y negro, aunque la nieve conserva
aún cierta fluorescencia sutil, como un resto de goce. Su fumarola ha
crecido ahora y alcanza a otras nubes, dibuja seres extraños que van
cambiando.

«Otra variante similar es no conocer a fondo a la compañía, en cuyo caso
es necesario darse prisa en delimitar márgenes y preferencias, hay que
construir rápidamente quienes somos para evitar equívocos. Esto resulta
entretenido, pues en el proceso se consigue rellenar con horas y horas de
agradable charla los largos desplazamientos pasillo y ventanilla. (Y, a
diferencia de la persona que nos hacía sentir aceptadas de antemano, esta
desconocida puede, al dejar de serlo, abrir un par de grietas en el casco
de lo que somos, puede dejarnos alguna lección de vida que tal vez
aprendamos).
»Sin embargo, una vez repasado el muestrario de episodios divertidos,
frustantes o asombrosos, una vez que se ha hablado de la infancia y de
amores terminados o marchitos, cuando podemos empezar a decir que
'conocemos' a la otra persona, de nuevo se abre ante nosotros
irremediable la espiral que te decía. Y es peor en este caso, porque
podemos echar en falta la ayuda de esa cierta lealtad incondicional que
dan los pasados compartidos, el cariño antiguo.

»Y bueno, viajar sola se parece más al segundo caso, salvo que no llegas
a 'conocer' a nadie a fondo. Tal vez lo interesante está justo ahí, o en
su contrario: nadie llega a 'conocerte', nunca. Y esto que a primera
vista suena como algo absolutamente indeseable, resulta ser una
circunstancia casi mágica que la eleva a una, que nos hace grandes.
Intentaré explicarme.»
En la oscuridad intuyes sus ojos, que desprenden una fuerza que antes no
tenían, y en su voz notas ahora un aire nuevo, más vivo, más firme.
Prosigue: «Viajar sola es no tener quien la defina a una, es estar
obligada a definirse en cada encuentro, en cada conversación. Quién eres
tú, te preguntan varias veces al día. De qué país vienes, a qué te
dedicas, cuál es la ruta que sigues, quién eres tú. Y la inocente
pregunta se vuelve contra una, ¿quién soy yo?, y caemos en la cuenta de
que hay decenas de respuestas correctas. Viajar sola es caminar sin
muletas, es una encrucijada en cada paso, es un proceso de construcción.
A veces compruebas que montas un personaje en tres o cuatro frases, y que
otras tres o cuatro igualmente correctas hubieran dado lugar a un tipo
totalmente diverso.
»Así, existe la posibilidad también de ser otra, de actuar como actrices
o actores, de fingir. Para esos encuentros efímeros que suceden todo el
tiempo (compañero de autobús, de hostal, de refugio, de restaurante),
podríamos inventarnos un pasado nuevo cada vez, ser quienes deseamos ser
o, mejor, quienes nuestro interlocutor desea encontrar. Es, por supuesto,
una falta de respeto, un menosprecio hacia el otro y no lo hacemos. Pero
la posibilidad está ahí y su mera presencia ya determina.
»Porque, aún cuando no juguemos al juego de las máscaras, el desafío de
respondernos a ¿y quién soy yo? en cada encuentro nos deja siempre
vagando a media luz, aproximándonos, sin alcanzarla nunca, a esa persona
que creemos ser, a esa en la que creemos.
»A este proceso, a esta búsqueda de respuesta a la pregunta más sencilla,
podemos llamarlo simplemente 'vivir'. Y claro, es un proceso que
realizamos continuamente aunque no viajemos. Sin embargo, para mí es
bastante obvio que se acelera en estas condiciones, que el progreso es
mayor. A mí me parece que viajando sola vivo, en definitiva, más.»

Ya es noche cerrada, y crees que necesitarás muchos días para comprender
lo que, en un rato, la voz de esta viajante señora ha puesto a tu
alcance. Tiene 65 años, y una familia que la espera en Bristol, Gran
Bretaña. Imposible saber si sabe quién es, si estuvo actuando para ti.
Pero hay algo compacto, algo duro como roca y tan auténtico en ella que te
lleva por delante, que te doblega. Mientras se despide, comprendes que de
alguna manera crees en ella, pese a que no estés de acuerdo con algunos
planteamientos. Torpemente, tratas de decirle lo mucho que has valorado
sus palabras. La maldices un poco también, entre risas, por la tarea
inmensa que te deja en prenda: viajar, ahora. Vivir.


P.S.: Esta cuenta de correo va a dejar de funcionar en unos días. Creo que
sabéis dónde contactarme a partir de ahora, ¿no? Besos!!

P.P.S.: "Cuando viajo miro los paisajes / que me miran y que pasan / como
pasan por mi vida los colores del sol. / Y la mirada es un paisaje / que
refleja las palabras / circunstancias mejoradas por el filtro que hace /
mi corazón".


--
Crónicas de Indias y Antárticas
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viernes, 29 de febrero de 2008

Patagonia, II

A las seis de la mañana estás llegando a la gasolinera y ves las luces del camión ya arrancado. Te asustas, no quieres perderlo: aprietas el paso y al llegar descubres al chofer (pronúnciese así, a la francesa) mateando plácidamente con el encargado de la estación de servicio. Te les unes y al cabo del rato estás ya avanzando despacio por lo oscuro de la noche y por el ripio. Amanece poco a poco, y otra vez hay una muestra sutil de colores suaves y el aire quieto huele a cosa nueva, tal como si acabaran de retirarle el embalaje a la neblina que flota sobre el suelo en cada vado.

El viaje transcurre en conversaciones en las que de nuevo se suceden los mismos temas, en el mismo orden: la abuela 'gashega', el expolio español, la independencia, el expolio inglés, el expolio generalizado, la corrupción, Menem, el tuerto Kirchner, la posible, esperada, vuelta de la Argentina al lugar que merece. Temas regados con mate, por supuesto, y evitando entrar en el fútbol.

Al cabo de unas tres horas, el camión llega a su destino y a ti te da algo. Contrariamente a lo que pensabas, el destino no era un pueblo a mitad de camino entre Gregores y la ciudad de Perito Moreno, sino un "campamento" temporal de trabajadores en la ruta. Son tan grandes las distancias en esta zona del mundo, que para arreglar las carreteras sale más rentable montar un asentamiento en mitad de la nada para que los trabajadores duerman, que ir y venir de la ciudad más cercana. Para colmo, justo antes de apagar el camión, tu anfitrión te informa de que la ruta aún no está terminada en esta zona y que la mayor parte del tráfico hacia el norte prefiere dar un rodeo por San Julián o Piedra Buena. Vaya.

De modo que te ves de nuevo en mitad del desierto, ahora con el agravante de que ni siquiera estás en la ruta 40 propiamente hablando. Y bueno, la tarea de descargar los 30000 litros de combustible llevará probablemente todo el día, de modo que, a unas malas, piensas que si a la tarde no te ha recogido nadie, volverás a Gregores con el tráiler. Volver a Gregores, jamás pensaste en que esa perspectiva pudiera tranquilizarte ni un poquito. Lo primero es averiguar si alguien de la empresa va a ir hacia el norte en las próximas horas: nadie. Cuando salen de aquí, las camionetas de Petersen sólo vuelven hasta Gregores, te explican. Un poco más desanimado que de costumbre, te dispones a dejar pasar las horas junto a la ruta, por la que, desde que llegaste hace una hora, no ha pasado ni un sólo coche.


Así, te sientas a leer. Y pasa una hora, y vuelves a untarte protección solar, y sigues comiendo polvo. Ahora zumban un par de camionetas en dirección sur, y en las caras de las ocupantes adviertes la sorpresa de verte allí, donde nadie se sentó nunca. Pasan dos horas más y nada. Ni un sólo coche hacia Perito Moreno. (Por la vía de servicio de la obra, sin embargo, el tránsito es continuo de camiones y camionetas, que sólo consiguen ilusionarte un par de segundos cuando ves la columna de polvo, hasta que los identificas). Acabas el libro, lo empiezas de nuevo. Te cubres la cabeza con una camiseta. Te levantas, te sientas.

Miras alternativamente el progreso de la descarga de gasoil que ya comenzó, los camiones de la obra y el punto de la carretera en que aparecería quien te llevara, si apareciera. Y claro, aparece. Alejandro McLean, gerente y propietario de una empresa que monta naves industriales ("tinglados", lees luego en su tarjeta), detiene su coche. En realidad lo detiene casi porque no tiene más remedio: te plantas en mitad de la ruta y casi imploras, con los brazos en alto, dispuesto a convencer a quien sea como sea para salir de allí. "Necesito llegar, aunque sea, a Bajo Caracoles, necesito que me saques de aquí". "Sube, anda."

Incrédulo, dejas la mochila en el cajón de la camioneta, saludas con el brazo y sin ver al camionero amigo y entras. Con los nervios has metido el pie entero en el polvo de la cuneta, y este coche esta limpio, es nuevo. Procuras que no se note mucho, Alejandro te estrecha la mano y arranca. En un instante, vas a 120 kilómetros hora sobre el carril de tierra, disfrutando del aire acondicionado y de buen rock argentino. Ante su pregunta sorprendida, tratas de explicar cómo fuiste a parar a donde estabas, las indicaciones erróneas que te dieron, el malentendido: "¡La cagaste!", suelta con media sonrisa. 


Sólo esta alegría que sientes por dentro al volar sobre la llanura inmensa, sólo esta sensación de victoria que empieza a invadirte ahora en este coche puede compensar y compensa esa angustia de estar perdido, esa ansiedad que nunca dejaste crecer pero que siempre estuvo rondando en la cuneta. Invitas a Alejandro a comer en Bajo Caracoles (las cuatro casas que no pasan de venta o ventorrillo) y a la tarde llegáis a Perito Moreno. Allí, coincide que la gasolinera está justo al lado de la terminal de autobuses, y que el bus hacia el Bolsón sale en una hora. Tomas unos mates con Alejandro junto al coche, prometes escribirle un email, compras algo de fruta y subes al autobús, donde observas alguna cara conocida. No puedes evitar mirar de otra forma a los "exploradores", que seguramente ni han bajado del bus desde la última vez que los viste.

Tomas asiento y escribes. Lo único que empaña un poco la sonrisa grande que sientes por dentro es que aquellas personas con quienes la compartirías, para hacerla buena de verdad, están lejos. Lejos pero cerca. Son para ellas, estas líneas.



jueves, 28 de febrero de 2008

Patagonia, I

Nunca lo tuviste muy claro: era más un deseo abstracto que una propuesta tangible o firme voluntad. Sabías algo de la ruta 40, esa carretera que atraviesa Argentina de punta a punta, de sur a norte o al revés. En ti evocaba sin remedio todo lo que de aventura y vida veías en este viaje, solo, en el Cono Sur, pero a la vez sabías improbable dar ese paso al frente que te expusiera a algunos de sus 5000Km, al polvo y el viento, al desierto patagónico de la 40.

Ya aquí, has llegado a El Chaltén desde El Calafate y el bus (turístico de más, con chofer anglófono y rosaditos exploradores occidentalísimos o de Israel) pisó la 40 en algunos kilómetros, pero tú ni lo notaste entreteniendo el paso con un libro o sueños. O con la vista del Cerro Torre y el Fitz Roy, míticas cumbres de la escalada andina que refulgen al fondo del valle como gemas. Ibas por ella, pero aún no estabas en la 40. 

Fue sólo anoche, cuando te dijeron que no había plazas en el colectivo hacia el norte hasta dentro de tres días, que te lo planteaste en serio. Tan en serio como las cosas que la vida decide por uno, tan en serio como que tres días más en El Chaltén acabarían con tu paciencia y tu bolsillo.

De modo que hoy, 6:30 y tú en la carretera. Mientras el amanecer provoca colores insólitos en el cielo tras de las cumbres nevadas (crees primero que son gamas de azul, luego descubres el rojo que en gotas lo tiñe todo de violeta, tras la nieve), los primeros autos salen del pueblito y te ignoran duramente. Luego, sobre las siete, se abre el catálogo de los currelas de las obras del pueblo y el asfalto, gente oscura que maldice o que te indica con la mano que van y vuelven, que no te llevan. Pavimentan las calles de El Chaltén, y con eso tienen.

Tu pose sonriente, dedo alzado y mirar tranquilo, proviene y lo sabes de que es la primera vez que viajas así. Y sí, parte del desafío es esta iniciación, esta ceremonia de entrada al mundo del auto-stop, que tantas veces habías imaginado y que ahora afrontas, tan solo como puede estar alguien que esté solo en el fin del mundo, con su mochila. Porque 'hacer dedo' no es una forma de viajar barato. No para ti, no así, no aquí. Si todo viaje de verdad puede suponer un salto afuera, una aceptación a manos llenas de lo otro que nos reta (que nos reta a vivir), viajar en el auto de personas desconocidas maximiza el riesgo y
la exposición y la vida. Maximiza el viaje.


Y en esas cosas y en un libro de Castaneda entretienes los minutos y las horas sentado en la mochila bajo el sol, mientras una y otra vez pasan los autos y te dejan en tierra. Cada vez es mayor el esfuerzo por no abandonar tu aplomo, parece que comienzas a perder la paciencia. La 40 no pasa realmente por El Chaltén, y crees que saliendo hasta el cruce tendrás más posibilidades (es realmente bajo el número de coches que transitan por aquí). Decides tomar el colectivo de la una y media hasta ese punto, 90 kilómetros.

Cuando desciendes del bus y ves la nada, el páramo agreste que cunde en las cuatro direcciones, surcado por el viento y la 40, te ríes por dentro. Los "exploradores" te han mirado con sorpresa al bajar ("dónde irá este"), y el chofer te estrecha la mano, te pregunta si vas a hacer dedo y te desea "suerte, papi".

Te has reído por dentro y esa risa te eleva, pero al mismo tiempo, al ver el bus partir y medir la distancia durante largos minutos hasta que es sólo un punto verde indistinguible, te preguntas cuánto durará, si no habrás expuesto demasiado, si te recogerá alguien en este desierto a horas de ninguna parte: cómo pasar la noche aquí. Tienes agua y comida, tienes tiempo. Buscas con la mirada una sombra o un lugar propicio con buena visibilidad y acabas sentada en el lugar donde estás, junto a una señal que indica 153 kilómetros hasta el primer lugar habitado. Sacas el libro, bebes un trago de agua y esperas.


Tras cuatro horas infructuosas en las que han pasado no más de 10 coches en la dirección adecuada empiezas a considerar cruzarte al otro lado e intentar volver a El Calafate, que parece más fácil de conseguir. En ese momento, una camioneta blanca enciende el intermitente y para al fin. Con este tipo (administrativo de una empresa de construcción que pavimenta algún tramo de la 40 más abajo) pasas las 3 horas siguientes, hasta llegar a Gobernador Gregores.


Juanjo tiene 26 años y, como toda la gente aquí, un abuelo 'gashego'. Salió huyendo hace unos meses de Tucumán, en el norte, tras estrellar por tercera vez su auto y separarse de la madre de su hijo. Conduce a 120 por el ripio (carril sin asfaltar) y habla de Carlos Sáinz y de venir a Europa. Los bajos de la camioneta golpean el piso sin cesar, y el polvo se cuela en la cabina por todos los resquicios del chasis desvencijado. Juanjo recorre esta desolada región inmensa, sin nadie,
esquivando a veces guanacos o ñandúes, escuchando cumbia ("Nuevas lunas") en el altavoz del móvil, y sacándote del primer apuro serio de este juego límite.
Juanjo te trae hasta Gregores y te ayuda a buscar alojamiento. Te dice que, sobre las 7, salen furgonetas con empleados de Petersen, una empresa situada en la 40, de la que Gregores está separada unos 85 kilómetros. Siguiendo su consejo, te quitas el polvo en la ducha ruinosa de la pensión y te acercas a la gasolinera donde nadie sabe nada, y donde tropiezas ya con la aventura de mañana. Un tipo y su hijo de 9 años van en tu dirección, y se ofrecen a llevarte. "¿Sabés cebar el mate?" es la única condición.


A unos metros de distancia, enorme y señalado por la barbilla de su conductor, está aparcado el camión cisterna de YPF que hasta ahora no habías visto y que será tu transporte mañana. 30000 litros de gasoil, a 50 kilómetros por hora, tomando mates, a las seis de la mañana. Cenas y descansas: sueñas con el páramo, con la Patagonia.



viernes, 22 de febrero de 2008

Parte polar, 17

Abandonas la isla sin pena. Has pasado en Decepción menos de quince días en total, y sabes que no has llegado a ser de aquí. Sin embargo, te llevas el rasguño de haber pertenecido a esta extraña comunidad, la que forman diez militares escogidos y unos veinte apasionados científicos.

Por el lado castrense, recordarás esta misión del Ejército de Tierra en la Antártida por su sentido del humor. Partiendo del Comandante (al que todo el mundo llama simplemente "Jefe", y quien conquistó de ti ese tratamiento también, sin ser tú nada de eso), se propaga a todos los miembros de la unidad y no hay conversación sin chiste o ironía, sin ese uso preciso del sarcasmo que tanto disfrutas.

Para ellos es un lujo estar aquí, esta es una misión absolutamente excepcional. De nuevo nombres inquietantes planean sobre sus vidas, pasado y futuro pueden llamarse Kosovo, Afganistán o Líbano, y el color sucio perlado de Decepción forma un paréntesis soñado, un remanso de nieve sólo afectado por la voz de sus familias al teléfono, tan lejos. Tienen suerte de estar aquí, lo saben. Y lo demuestran cada día con su arrojo, su entrega y su alegría.

El lado de los científicos lo conoces más. Sabes de cerca lo vacía que está la palabra Ciencia cuando rueda por despachos y pasillos, el nimio lugar que ocupa en la escala de prioridades de tantos que de ella comen. Recubierta de una dura capa de burocracia, sometida al interés individual por medrar, queda poca Ciencia en universidades y centros de investigación.

Así, resulta preciosa la voluntad de los que vienen aquí a poner en marcha la Ciencia de esa forma que imaginabas pero que rara vez habías podido ver. Personas geólogas, vulcanólogas, biólogas o meteorólogas, gente enamorada de su disciplina y capaz de trabajar cada día, por ejemplo, más de ocho horas en una playa batida por el viento y el aguanieve, que luego completan a la noche, tras la cena, con otras cuatro o cinco horas en un laboratorio de campaña frío y mal iluminado.
 
Mucho has aprendido de estas personas y mucho agradeces al subir a la zodiac que al buque te lleva. Abandonas la isla sin pena, pero un pellizco por dentro confirma que no eres ya del todo la misma persona que hace un mes llegara, que no estás intacta. El increíble paisaje, los bichos y matas que aquí resisten, y un
puñado de personas buenas te mandan a casa cambiado por dentro. Crecido y sonriente.

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Pero no, no es a casa a donde el buque te lleva: tienes por delante
cuatro días de navegación hasta Punta Arenas, Chile, y luego un mes
para llegar a Buenos Aires. Para empezar, hacia el norte inabarcable,
la Patagonia espera...

jueves, 21 de febrero de 2008

Parte polar, 16: la Ventana del Chileno

Bahía Balleneros está en el interior de la isla Decepción, en Puerto Foster. Forma un semicírculo dentro de la herradura que queda del volcán que fue la isla, y es uno de los sitios antárticos catalogados como históricos. En la orilla del mar, el suelo volcánico evapora el agua de la playa elevando nubes de vapor en una luz misteriosa. Allí, de la base antártica británica queda un hangar y el módulo principal (Biscoe House), y de la industria ballenera casetas destartaladas, bidones oxidados del tamaño de edificios, barriles descompuestos y, claro, huesos.









Caminar por esta zona provoca una mezcla de fascinación e inquietud, una cierta reverencia por el trabajo durísimo de los que aquí vivieron (y perdieron la vida: el cementerio quedó sepultado en la última erupción: quedan dos cruces solitarias en un campo de piedra pómez). Fue en 1911 cuando una empresa ballenera noruega estableció por primera vez un asentamiento en la Isla Decepción. Era una planta para procesar las capturas y trasladar la materia prima hacia el norte consumidor. Veinte años duró el negocio y la empresa: lo que tardó en venirse abajo el precio del aceite de ballena.

Más tarde, 1944, en plena tensión guerrera, los británicos establecieron una base en la bahía, haciendo uso de algunos de los edificios abandonados por los noruegos. Oficialmente, la misión de la base fue "la meteorología y la operación de una pista aérea de apoyo a actividades de reconocimiento y a las otras bases británicas en la Península Antártica". La batalla por la Antártida estaba en su apogeo. Pero fue la propia isla la que rechazó al hombre, en las sucesivas
erupciones del 1967, 1968 y 1970. Desde aquél momento, Bahía Balleneros es un museo de la devastación, un catálogo de erosiones y derrumbamientos. En dos filas paralelas, los grandes depósitos de aceite, de diez metros de diámetro y altura se oxidan bajo la niebla.

Enormes tuberías en su base testimonian la circulación de litros y litros de aceite de ballena, calentado para que no solidificara. Tu voz se multiplica de una forma extraña en el interior del cilindro, suavemente iluminado por los agujeros en el techo.

(Junto a la playa, queda el testimonio de una estructura, también metálica y oxidada, que podría haber conducido el aceite hasta los buques noruegos. Pasas a su lado y, por entre los agujeros que el mar provocó en su chapa oyes un rugido. Te asomas para recibir el impacto de un nuevo sobresalto: un lobo marino se ha colado en el recinto que queda bajo el metal oxidado y te enseña los dientes gritando amenazador. Nunca un susto te hizo tanta gracia, ni fue motivo de tanta ilusión. Prosigues bordeando la playa.)


Más allá de los derruidos edificios de madera de la empresa, unas lanchas balleneras se descomponen cubiertas de líquenes. De unos ocho o diez metros de eslora, tienen una sóla abertura en cubierta. Una vez que los arpones habían sido clavados en el lomo del bicho, la escotilla era cerrada herméticamente con los hombres dentro. La lucha desbocada del cetáceo por sumergirse hacia el silencio del abismo azul era frenada por la boya de madera que formaba la lancha y sus tripulantes. La ballena claudicaba y, flotando, era acercada al buque para su despiece.

Aún más allá, un grupo de unos cien barriles de madera para el aceite, en su día colocados de pie, a ocho o diez por banda, yacen semienterrados en el piroclasto (la diabólica arena volcánica). Los hierros devorados por los sulfuros, y las duelas abiertas, formando hoy extrañas flores grises que emergen de la arena negra. 

Finalmente, en el borde del cráter que es la isla, por encima de los barriles, hay un collado que llaman "la Ventana del Chileno". Una historia habla de que los integrantes de la base antártica chilena de Decepción huyeron por ese sitio durante la erupción del 1970. Otra cuenta que, cuando estaba la factoría ballenera en pleno trabajo, el buque que traía al pagador venía, una vez al mes, a repartir los sueldos de las 2000 personas que sufrían el crudo clima de la isla. Cuando se aproximaba la fecha, siempre había alguien asomado al collado para ver si el buque aparecía, para desear que apareciera. El pagador venía acompañado de una troupe de prostitutas, imaginas que mucho más esperadas que el dinero en un lugar en que éste no servía para gran cosa. Casi puedes sentir, entre los escombros de las casetas, la conmoción que recorría al asentamiento cuando alguien gritaba desde La Ventana al avistar el barco. Al cabo de unos días, el buque partía de nuevo con las prostitutas: también con gran parte del dinero que, en un negocio redondo, había pasado de las manos avaras a las temblorosas de los balleneros, y de estas de vuelta a las manos usureras del patrón. Te imaginas que una mínima parte quedaría en las últimas de las últimas: las manos de las prostitutas. 

"El Chileno" era el nombre del buque del pagador.

domingo, 10 de febrero de 2008

Parte polar, 15: karaoke


"Informativo: esta noche, a partir de las veintiuna treinta, tendrá lugar un karaoke en la cámara de transporte. A todos los que acudan se les invitará a una copa." 

Al principio, sólo la oficialidad se sienta alrededor de la televisión de gran tamaño que preside la sala. El comandante, el jefe de máquinas, el cuerpo médico, algún sargento y casi todos los oficiales. Dos micrófonos van cambiando de manos bajo la dirección de doña Carmen, oficial de suministro y en este momento gobernadora del portátil que impone sonido y letras a la fiesta. Sonido y casi no música, porque son versiones electrónicas de las canciones y suenan todas igual.

Los Centellas, Sabina, Sergio Dalma, Rafaella Carrá, Eros Ramazzotti, El Arrebato, Bisbal, y así una tras otra. Con el cambio de guardia de las once, doña Carmen (en el barco se usa el don para los oficiales, que tienen tu edad) abandona los mandos y el Comandante se retira ovacionado tras un bolero electrónico y graciosísimo. 

Ahora el relevo lo empieza a tomar la marinería y sabes que estás entrando en las entrañas del buque, que esta gente llevan cuatro o cinco meses subidos en el Las Palmas, que aún les quedan por lo menos dos para volver a casa. A su otra casa. Ya hay quien se levanta del asiento: el alcohol va dando frutos en forma de sevillanas, de pasodobles con las científicas, que superan el trance con apuros. Es la Cabo Adela (la segunda de las tres mujeres a bordo) la que controla ahora el cotarro, hace rato ya que no suelta uno de los micrófonos y lo canta todo.
Gallegos, andaluces, asturianos. Afganistán, Kosovo, Serbia. Sus historias te impactan porque, mientras en casa tú te preguntabas acerca de aquellas "misiones de paz", ellos estaban ahí, en esas noticias que leías con indiferencia, las que la tele vomitaba y los políticos engullían para volcarlas de nuevo por el suelo del salón de tanta gente. Ponerle cara a ese ejército en esta forma, en este contexto tan ajeno a lo que creías que conocías, te cambia un poco.

Se hace tarde y van cambiando los turnos de guardia, se van renovando las caras pero las historias que cuentan o ves en ellas siguen siendo tremendas. Cansado, dejas atrás a esos tipos enormes en su diferencia, esa gente que viviendo en tu mismo mundo estaban al otro lado todo el tiempo sin que lo supieras tú. Duermes en el sollado de popa y estás aprendiendo tantas cosas.

Parte polar, 14

Sobre la base argentina Almirante Brown, hay una loma cubierta de nieve, frente a un glaciar gigantesco. Bahía Paraíso ha amanecido clara, los témpanos varados relucen ya sus aristas y hay focas leopardo encaramadas a algunos de ellos. Otros son grandes como campos de fútbol. Junto a uno de ellos divisas un barco. El turismo antártico. Hasta este lugar llegan al año cientos de buques turísticos que cambian varios miles de euros por diez días de blanco y azul desde las ventanillas de un camarote de lujo. El barco se acerca a los glaciares, todo el mundo toma la misma foto y se sirve centollo en el comedor principal antes del baile de gala. 

Ahora toca bajar a tierra, y las zodiacs se acumulan en el amarradero de la base, repletas de gentes que huelen a dinero. Bajan poco a poco y de a poco se trepan a la nieve tras la base, guiados por tres o cuatro responsables de la empresa. Resulta un espectáculo inquietante verlos deslizarse sobre la nieve, una vez arriba, sobre una bolsa de basura. Se desvela un poco más el privilegio del que disfrutas. Sonríes y lo escribes.

viernes, 1 de febrero de 2008

Parte polar, 13: Bahía Paraíso


Cuando despiertas el buque está ya en marcha de nuevo. Hoy es el día en que cruzarás el Círculo Polar Antártico. Si todo va bien, a la noche estarás frente a Avian, la última de las islas que vas a visitar en busca de los pingüinos barbijos, adelias y papúas. 

Pero llegas a la cámara de científicos y te encuentras al Comandante sentado en una de las sillas y te extraña. Está hablando con otro investigador, otra de las personas que navegan ilusionadas hacia abajo: saludas, te sientas. La conversación está terminando, el tono del Comandante es indudablemente de disculpa, de explicación. Comprendes que el buque ha invertido la marcha y vuelve al norte. Lo confirma luego el otro investigador: motivos logísticos, falta de tiempo en definitiva, han determinado que el viaje acaba aquí, que tendrás que conformarte a este lado del círculo imaginario que marcaron los hombres, el trazo en el mapa que parece agravar lo inhóspito del paisaje que ya muestran las escotillas. No pasarás el Círculo Polar Antártico, pero el viaje sigue, claro que sí.

Es distinto el barco ahora que no baja más. Huele peor, es más pequeño, más sucio y menos rápido. Pero sabes que sólo te han privado de una parte pequeña de un regalo enorme, así que no sufres y miras adelante, al próximo destino: Bahía Paraíso.

Allí llegáis ya por la tarde, y compruebas que el nombre hace justicia. Se hace evidente el tópico y casi no hay palabras que te sirvan para compartir la increíble belleza de este sitio. El mar en calma, sin viento ninguno, multiplica en reflejos especulares las montañas que caen en verticales cortes hasta la orilla, los glaciares que son cada valle, cada collado. La pátina del agua se extiende en todas direcciones hasta topar con la costa de hielo que se rompe y a veces cae en témpanos grandiosos. El sol de tarde contribuye de nuevo al espectáculo y las cumbres dudan, dividen su blanco entre amarillos lavados y el azul glaciar de siglos de agua apretados en cada veta. 

En la bahía, una base chilena y otra argentina serán destino mañana del grupo de científicos. Esta noche, te dispones a dormir con el suavísimo vaivén del mar en calma. Hace días ya que no sabes nada de quienes te leen y ese vacío te pesa a veces con dureza. A lo único que alcanzas es a ponerlo por escrito y mirar las cosas que te rodean con tus ojos y los de esas personas que te forman más aún ahora que de cerca no te contienen. A eso y a la memoria esta que te aviva.


martes, 29 de enero de 2008

Parte polar, 12

Embarcas en la zodiac, que está abarloada en la proa del Las Palmas. A la orden del patrón, el proel larga amarras y justo en ese momento ¡mira! ¡allí! un lomo enorme sale del agua a unos diez metros del barco, una ballena, esta vez cerca. Negra, brillante, la piel del animal más grande se asoma al aire tres, cuatro veces más mientras se aleja la zodiac. Navegando hacia Orne (un pedrusco nevado frente a Isla Ronge) os despide mostrando la cola y, claro, quedáis de nuevo en aquello que decíamos, sin aliento.
Sólo que el aliento se queda dentro también por lo inmenso e irreal de la fotografía que te rodea. Divisas la costa, toda de glaciares, agujas, ventisqueros, lenguas de nieve, escarpados cerros negros, grises, rojos, esas formas retorcidas y afiladas. Hay partes que no ves, ocultas por grandes témpanos varados en la bahía que exponen sus azules lamidos, sus moles inmóviles y a la vez ingrávidas. No te cabe, no entra entre dos ojos tanta grandeza. Giras la cabeza aún otra vez y no hay descanso a tu asombro: los colores mutan sin cesar con las nubes móviles que filtran el sol, se altera la paleta interminable de reflejos de mar y hielo: las nubes sobre el mar y contra el hielo, el hielo contra el mar bajo las nubes, el mar, el mar.

*    *    *


Te alejas un poco de la pingüinera y tras el primer cerrito, en un nevero verdeado de algas entre lajas y pedregales, ves que duerme un bicho grande. Su cuerpo cilíndrico y lo que ves de las aletas mientras te acercas insinúa una foca o un lobo marino. Te sientes volver a los diez años, eres de nuevo aquella personita apasionada por la zoología que devoraba las láminas de libro tras libro, que pasaba horas observando insectos, que corría cuando en la calle aparecía una tienda de animales. Te deja aproximarte, cautamente y sin un ruido, a unos cinco metros y no mueve un músculo: duerme. En ese punto, te agarra un pellizco de respeto y miedo, das en pensar que igual una foca leopardo, que igual un despertar malhumorado, que quizá no te tema suficientemente. La piel que ves muestra manchas blancas sobre la capa gris que predomina, un bicho así, moteado y corriendo detrás tuya no es quizá lo que prefieras que ocurra en este islote a millas y millas de cualquier cosa. 
No, retrocedes, vuelves y preguntas, sí, no, foca de Wedell, sí, foca cangrejera: respiras y retomas el acercamiento. Ya sin miedo, llegas a metro y medio del enorme mamífero, que te observa soñoliento y sin gana ninguna de moverse. Como una vaca con cara de perro, aletas de pez y bigotes de gato: ahora comprendes las descripciones de algunos animales que dieron los antiguos, que viendo no acreditaban, que no sabían, como tú no sabes, ubicar en tu mundo tal proeza increíble. Y no te acercas más porque respetas, porque amas de repente la forma en que te deja que te acerques. Porque comprendes su mirada perezosa, agradeces su paciencia y la abandonas en la nieve, al sol que luce ahora, en su descanso benévolo y confiado.